
PÁSEN Y VÉAN

Llegaron los insectos llenos de machas en su piel. De retinas coloridas, ampollados de globoso barro. A moldear apenas; las patas flacas de hielo y sed. Los cuerpecitos diminutos. Llegaron desde el sur, vinieron por la ráfaga. Por el zumbido del viento y el frío. Llegaron desnudos y en su apéndice trajeron las marcas de la fiebre y el llanto, de la muerte amarilla. Ellos acabaron su esperma en el aire y llenaron esas líquidas repisas de aire y enjambre de abejas y muerte. El nogal descolgó sus hojas perennes por única vez cuando los bichos alcanzaron a llegar. El sol los acribilló luego. Y el frío. -¡Vayan…malditos! Gritaba el pueblo desde sus pinchos de hierro tenedores tridentes, gigantes. Las latas llenas de piedras y fuego, las cortinas de fuego. Pero era ya tarde. -¡ lo acribillaron todo! Llegaron a matar y a depositar las manchas en su piel. Los cotiledones al sol. Maíz al viento. ¡Malditos!
Llegaron los insectos llenos de machas en su piel. De retinas coloridas, ampollados de globoso barro.
A moldear apenas; las patas flacas de hielo y sed. Los cuerpecitos diminutos.
Llegaron desde el sur, vinieron por la ráfaga. Por el zumbido del viento y el frío.
Llegaron desnudos y en su apéndice trajeron las marcas de la fiebre y el llanto, de la muerte amarilla. Ellos acabaron su esperma en el aire y llenaron esas líquidas repisas de aire y enjambre de abejas y muerte.
El nogal descolgó sus hojas perennes por única vez cuando los bichos alcanzaron a llegar. El sol los acribilló luego. Y el frío.
-¡Vayan…malditos! Gritaba el pueblo desde sus pinchos de hierro tenedores tridentes, gigantes. Las latas llenas de piedras y fuego, las cortinas de fuego. Pero era ya tarde.
-¡ lo acribillaron todo!
Llegaron a matar y a depositar las manchas en su piel. Los cotiledones al sol. Maíz al viento. ¡Malditos! Venganza inteligente. .
umano umano...
El umano se levantó y sus manos estaban quebradas; la dentadura fría. Llegó al baño a duras penas. Se miró al espejo y un ojo se desprendió cayendo en el lavabo resbaloso. Lo agarró de apuro entre los dedos y fue al fondo. Se prepararía un café y saldría al nuevo día. Al llegar, su perro dormía en el piso y lo desconoció y le mordió en la cabeza duramente. Sin ojo ni oreja devoró aquel café. Las hemorragias le habían abierto el hambre. Fue al frente, hasta la bicicleta y se montó. Al primer pedalazo sus tobillos se abrieron al medio quedando inservibles. Bajó y cruzó la calle como pudo. Iba lento, dolido. Cruzaba un motor que lo tocó en el pecho, desuniendo sus miembros todos. En su rostro había enojo y dolor y un fuego tremendo. Brillaba. Arrastró lo que quedaba de humanidad, que era todo. ¡Todo! En el trayecto fue perdiendo el resto; el roce era tanto que fue comiendo su cuerpo como una lija. Los pájaros rojos –de rapiña- lo rodearon y le fueron comiendo el lomo, las orejas y su boca, sus pómulos. El umano llegó deshecho, era una miga, una pena. Llegó. Golpeó la puerta y esperó. Ella salió y lo miró hacia abajo. Él se irguió como pudo y tomó en su cuerpo su mano. -¡Te amo!- le dijo. Y su cuerpo se convirtió en gota simple, en látigo de felicidad
Rogter Pietrovitch
"recyclator"